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Eugenia Martínez: el empoderamiento que huele a campaña

En Salamanca, el programa “Mujeres que Transforman” se presenta con discurso bonito, color institucional y palabras de manual: empoderamiento, emprendimiento, autonomía y apoyo social. Pero detrás de la foto oficial, el templete y el aplauso calculado, el programa empieza a verse menos como una política pública seria y más como una pasarela política para Eugenia Martínez, esposa del alcalde César Prieto, quien parece cada vez más interesado en dejar heredera que en dejar resultados.

Y es que, curiosamente, al alcalde ya se le acordó que en Salamanca hay mujeres que deben ser escuchadas, apoyadas y empoderadas… justo cuando el calendario político empieza a oler a sucesión. El problema no es apoyar a mujeres emprendedoras; al contrario, eso debería ser una obligación institucional. El problema es cuando el apoyo público se convierte en escenografía electoral, cuando las beneficiarias pasan a segundo plano y la figura central termina siendo la esposa del presidente municipal, proyectada una y otra vez como si el programa trajera más intención de campaña que de transformación real.

Organizaciones civiles y ciudadanas han señalado presuntas irregularidades en la operación del programa: listas alteradas, nombres repetidos, inclusión de personas cercanas a funcionarios y trato diferenciado para mujeres que no pertenecen al grupo político en turno. Son señalamientos graves, porque si se usa el discurso del empoderamiento femenino para construir estructura electoral, entonces ya no estamos ante una política social: estamos ante una operación política con moño rosa y presupuesto público.

Mientras el Instituto Municipal de Salamanca para las Mujeres opera con poco más de 5 millones de pesos en 2026, el programa contempla 200 apoyos de 10 mil pesos, es decir, al menos 2 millones de pesos en subsidios que se entregan con alta carga mediática, eventos cuidadosamente montados y presencia permanente de Eugenia Martínez. La pregunta es obligada: ¿dónde están los criterios públicos de selección?, ¿dónde está la evaluación del impacto económico?, ¿dónde está la rendición de cuentas? Porque empoderar no es subir fotos, entregar cheques y repetir slogans; empoderar es construir autonomía real, medible y verificable.

El dato que presume el propio alcalde tampoco juega del todo a su favor: más de mil 200 mujeres solicitaron apoyo en 2025. Eso no demuestra éxito; exhibe la enorme brecha entre la necesidad real y una bolsa limitada que apenas alcanza a una minoría. Y si además esa minoría se define bajo criterios opacos o políticamente convenientes, el programa deja de ser herramienta social y se convierte en filtro de lealtades.

Todo esto ocurre en un municipio golpeado por la violencia contra las mujeres, la precariedad laboral, la violencia familiar y la falta de políticas integrales de protección. En ese contexto, vender como gran transformación una entrega focalizada de apoyos, con reflectores sobre la esposa del alcalde, resulta cuando menos ofensivo. Salamanca no necesita más eventos rosas ni discursos de temporada; necesita refugios, atención psicológica y jurídica, prevención, capacitación real, justicia, seguimiento y autonomía económica sostenida.

Porque una cosa es impulsar a las mujeres y otra muy distinta es usarlas como telón de fondo para una ruta electoral. Y en Salamanca, “Mujeres que Transforman” corre el riesgo de transformarse en otra cosa: en el primer acto de campaña de una primera dama que, antes de pedir confianza, tendría que explicar si el programa empodera a las mujeres… o empodera las aspiraciones políticas de su grupo.